Máquinas de guerra – Luisa Gómez

—¡Te mato, desgraciado! ¡Voy a acabar contigo! —le grita, escondiéndose tras el árbol más grande del parque principal.

—¡Primero te mato yo a ti, maldito! —le responde el otro, empuñando el arma en dirección al tronco.

—¡No, Oscar! Pero si usté es el ladrón y yo el policía, yo soy el que lo mata a usté —le dice el niño, saliendo de detrás del árbol, mientras baja la metralleta plástica que lleva en sus manos.

—¡Ah, no, Moncho! Usté siempre es el policía… —le dice quejándose, batiendo el pistolón de madera que lleva en la mano izquierda.

—¡Ay, ya va a llorar! Tanta gracia ser policía… si esos son de los mismos, dice mi papá… además a esos también los matan —le dice el niño, hurgando con la punta de la metralleta la tierra seca y dura del parque.

—Moncho, ¡entonces hagamos que usté es guerrillero y yo soldado! —le dice, abriendo los ojos, dando un saltico rápido.

—¡Uy, Osquitar! ¡Ahí sí nos damos bala parejo! ¡Bacano! —le responde, levantando de nuevo el arma.

—¡Yo soy el soldado! —grita el otro, acomodándose en la cintura su pantaloneta azul, raída y sucia.

—Eso da lo mismo… —le contesta Moncho, secándose el sudor que le escurre por el cuello —todos igual de ladrones, como dice mi papá. ¿No vio que ayer le robaron las gallinas a doña Carmen? y quién era… los guerrillos, eso dijo mi primo. Pero la semana pasada, las vacas que se llevaron, las de don Pedro… los soldados, que porque tenían hambre, que nos les pagan.

—¡Ah, no! Yo sí muerto de hambre no quiero ser —dice Oscar, limpiándose el cuello con la camiseta amarilla de la selección.

—¡Se la tengo, Oscar! ¡Usté es el alcalde! A ese no lo jode ni la guerrilla ni los de la mili y, además, tiene plata.

—¡No, Monchito! Pille… —le dice, pasándole el brazo por los hombros, un poco colgado del otro, que es algo más alto —Juguemos a que usté es el man del Mercedes, el novio de la Clarita, el que siempre anda de gafas negras… Entonces, usté es el gomelo ese y yo soy su guardaespaldas, así nos conseguimos unas nenas bien lindas, nos vamos de fiesta y ¡matamos a todo el que nos quiera caer!

El sol se apacigua por el telón negro de la noche que se viene encima, pero el calor sigue siendo infernal y húmedo, pegajoso.

Por la mañana, aún están tiradas entre el polvo del camino que sale del pueblo, la metralleta naranja de plástico barato y el fusil de madera que se colgaba de la cabuya vieja.

Las doñas los buscan: preguntan por ellos en la estación de policía, en la alcaldía, en la escuela. Nadie los ha visto, nadie sabe de ellos. Hay otros tres que no regresaron a casa esa noche. Oscar y Moncho, con sus diez y once, son los más pequeños; los otros ya son volantones, de catorce y quince.

Don Luis, el de la tienda, dice que anda el runrún de que los tienen por la vereda Buenos Aires.

—Aquí ya no hay aires buenos —dice, don Rigo, que está sentado en una de las mesas tomando cerveza —debían cambiarle el nombre a esa vereda.

—¿Quién lo dice, don Luisito? —le pregunta la mamá de Oscar, apretando un papel higiénico, roto, mojado y arrugado que lleva entre las manos.

—El cabo ese, el nuevo. Pero vaya uno a saber, doña Silvia —le dice el hombre volteándose para alcanzarle otra cerveza al vecino.

—¡Ay, mis señoras! A esos pelados se los llevaron pa’l monte —les dice el Rigo, echándose un buen sorbo de la botella —a la guerrilla le sirve todo: pa’ que les cocinen, pa’ soplones o pa’ echar bala…

Las mujeres lloran, se abrazan, maldicen: que «¡nos vamos mañana pa’l monte!», «nos vamos madrugadas», «¡serán malnacidos, pero también tendrán mama!», «¡yo mato a esos desgraciados!», «¡yo me hago matar por mi chino!», «el Juanchito se iba pa’ la capital el otro mes…»; y no paran de llorar y abrazarse.

Pasada la media noche los muros se estremecen en el pueblo, el aleteo de los pájaros se hace oír como continuidad de la explosión que aturde a los parroquianos, las mujeres gritan y se persignan: «¡Diosito lindo, protégeme a mi muchacho!». El amanecer nunca llegó, la sombra de la noche ya no se fue, la oscuridad de la selva se comió al pueblo.

Ocho días después, en la prensa internacional: “El ejército de Colombia bombardea un campamento guerrillero con menores”. En el cuerpo del escrito: «el ministro asegura que si había niños esos ya eran “máquinas de guerra”».

 

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